VÍCTOR CATALÀ: Vídeo-Podcast-Lila 139
España, 1869-1966
«Una mujer que, en pleno S. XIX, dibujaba, pintaba y escribía a escondidas.
Ganó un premio literario. La aplaudieron.
Hasta que descubrieron la verdad, porque…
Detrás de ese nombre… había una mujer.
Escribía sobre lo que no debía.
Deseo. Violencia. Libertad.
Ansiaba la libertad y la consiguió tras un pseudónimo masculino.
Hoy en Mujeres Lila, te invito a descubrir la historia de Víctor Català.
La mujer que tuvo que dejar de ser ella para poder ser leída.»
¿Sabías que Caterina Albert, conocida por su pseudónimo masculino de Víctor Català, fue una escritora en lengua catalana que removió conciencias?
Pues así es…
Víctor Català no fue un hombre. Detrás de ese nombre masculino estaba Caterina Albert, porque para poder escribir con libertad, tenía que desaparecer su firma como mujer y desde ahí, fue más libre que nunca.
Y, ¿por qué eligió el nombre de Víctor Català? Más adelante te cuento…
A Caterina Albert, por ser mujer, quisieron cortarle las alas. Ella escribió sobre lo que no debía escribir una mujer a inicios del S. XX: deseo, violencia, libertad.
Era demasiado real, demasiado incómoda.
Por eso Caterina Albert se transformó en Víctor Català.
Su obra literaria, cuentos, poesía, novelas y teatro, refleja la soledad y la violencia que padecía la mujer y eso incomodaba. A inicios del S. XX, retrató en sus libros la dureza del ámbito rural, la búsqueda de la propia individualidad de la mujer y la lucha en su entorno social.
Como dice la traductora de su obra, Nicole d’Amonville:
«Caterina Albert i Paradis, lo mismo que Emily Brontë y Emily Dickinson, es una escritora tan local y de su tiempo como atemporal y universal».

Pero, hagamos un poco de historia…
Caterina Albert i Paradís, alias Víctor Català, nació el 11 de septiembre del año 1869 en L’Escala, una localidad costera de Cataluña, en España. Era la hija mayor de tres hermanos. Sus padres, ambos propietarios rurales de buen linaje, fueron Dolors Paradís Farrés, ama de casa y escritora, y Lluís Albert Paradeda, abogado y político.
Caterina creció en un entorno familiar cómodo, donde el campo, el mar y las tradiciones costeras marcaban el ritmo de la vida. Un entorno que quedaría grabado para siempre en su mirada y en su obra literaria.
También vivió en un piso de Barcelona, contrastando así las vivencias rurales con las urbanas. En Barcelona pudo disfrutar del mundo cultural y artístico, algo que la llenó desde bien pequeña.
Como cuenta en su libro autobiográfico “Mosaic, intimitats” (que escribió con 80 años para rescatar de la memoria sus recuerdos de infancia), sintió desde bien pequeña que a través del dibujo manifestaba su ser inquieto. Ella decía:

“Quietona, inmóvil como una santita, con cuatro años, del punto en el que salía la maestra hasta que venían a buscarme, iba haciendo dibujos —que eran mi manía predilecta, mi verdadera afición—. Y venga a ensuciar a raudales libros y cartipases.”
Por cierto que de esa escuela de su pueblo a la que asistió de chiquita durante un corto tiempo, no guardaba un buen recuerdo.
Porque Caterina no fue una niña rebelde en apariencia, pero sí una niña que aprendió a mirar donde otros no miraban.
Se formó principalmente en casa de forma autodidacta y, por ello, recibió una fuerte influencia intelectual de su madre, que escribía poesías. También de su abuela materna (que tenía su mismo nombre, Caterina Farrés y Sureda), ambas conocedoras de la cultura popular.
Según reconoce Caterina en una carta, no cursó ningún tipo de estudio reglado “por ser la mayor de los hermanos” y por «no poder dejar solos a los menores, delicados de salud».
Cuando era adolescente, Caterina fue internada durante un año en un colegio de monjas. Ahí le enseñaron francés y piano y, además de dibujar, pintar y moldear (porque le encantaba la escultura), empezó a escribir sus primeros textos: poemas y obras de teatro. Así nos lo cuenta ella:
“Escribía por placer, como quien toca el piano o realiza labores; de no escribir, me hubiera gustado pintar o esculpir y, en realidad, escribí porque no pude pintar. Yo habría llegado a pintar si me hubiesen dado ocasión apropiada, no sometiéndome sin discernimiento a maestros que podían violentar mi temperamento, sino soltándome a la mía, escogiéndome mi camino.”
Caterina Albert era una mujer con ansias de saber y de formarse. El arte y la literatura eran sus aliados y aprendió pintura, escultura, música… y, sobre todo, observó. Observó a las mujeres del mundo rural, sus silencios, sus cargas, sus resistencias invisibles.

Desgraciadamente, no pudo asistir a la universidad —como ninguna mujer de su tiempo—, pero recibió una educación rica y diversa.
En su casa familiar tuvo acceso a libros y le dieron cierto margen de libertad creativa (poco habitual para una mujer en la época). Podemos decir que nuestra Caterina Albert tuvo una habitación propia para desarrollar sus talentos, aunque estaba llena de límites porque una mujer podía cultivar el arte y las letras siempre que no incomodara demasiado, aunque eso no fue fácil de llevar a cabo…
En 1890, cuando Caterina tenía 21 años, pierde a su padre, y cuentan que el mismo día de su fallecimiento, estando su padre de cuerpo presente, ella lo pintó, pero poco después, al finalizar la pintura, se desvaneció.

Esa no fue la única pérdida importante para Caterina. Poco después, también falleció su abuela, persona muy importante en su educación.
A partir de ese momento, nuestra protagonista queda al cargo de la familia. Cuida a su madre, a sus hermanos menores y, además, empieza a administrar el patrimonio familiar.
Caterina Albert no tenía previsto seguir el designio paterno y social pautado para las mujeres de su época, esto es: casarse y tener hijos. Ella protegió celosamente su intimidad y no se entregó al destino previsible para las mujeres de la época (matrimonio y maternidad). Tenía otras prioridades y quería cumplirlas.
A partir de ahí, Caterina se sumerge, siempre que las obligaciones familiares se lo permiten, en el mundo literario.
En 1898, con 29 años de edad, decide presentarse al concurso literario de los “Jocs Florals” (juegos florales) con un texto desgarrador: La infanticida.

La infanticida es un monólogo en verso que causó escándalo por la temática y el tono con que estaba escrito. El escándalo aumentó cuando el jurado supo que lo había escrito una mujer porque, ¿cómo podía una mujer escribir algo tan oscuro, tan brutal, tan… humano?
La respuesta de la sociedad fue clara: no debía.
Al ser mujer, el jurado le pidió que edulcorara esa historia tan dura y ella se negó, decidió que no lo modificaría. Así, a modo de castigo, no se publicó ni se representó hasta después de su muerte en 1966. ¡!
A partir de ese momento, decidió que seguiría escribiendo bajo un pseudónimo, y el primero que utilizó fue el de “Virgili d’Alacseal” (que, si lo lees al revés, es La Escala, su población natal).
Pero el pseudónimo bajo el que firmó grandes obras literarias fue el de “Víctor Català”. Y, ¿por qué Víctor Català?
Pues, según cuentan los especialistas, Víctor era el nombre del protagonista de una de sus obras inacabadas, un nombre rotundo. Por lo que se refiere a Català, porque es un apellido de afirmación de identidad cultural y lingüística.
Ese pseudónimo le acompañó toda la vida y, cuando más tarde, en los círculos literarios, todo el mundo sabía que Víctor Catalá era en realidad Caterina Albert, lo siguió usando. Le gustaba ese juego de personalidades múltiples.
Es curioso que su pseudónimo completo era «Víctor Català i Montseny», aunque los dibujos, óleos, acuarelas y esculturas de su colección privada las firmó con su nombre propio de Caterina Albert.

Bajo el nombre de Víctor Català, en 1902 publicó una recopilación de 12 cuentos bajo el título de “Drames rurals” (dramas rurales). Ahí descubrimos la sensibilidad y la intensidad dramática de esta autora y siempre, como trasfondo, la cara oscura del mundo rural.
Por cierto, que el único libro donde publicó dibujos suyos es en Drames rurals, y los dibujos retrataban el entorno rural y marinero. El último dibujo que se le conoce es un autorretrato que dibujó en 1925.

La obra más célebre de Víctor Català llega unos años más tarde, en 1905, cuando tiene 36 años de edad. Se trata de la novela «Solitud» («Soledad», 1905), encuadrada dentro del modernismo catalán. Una obra que está considerada un clásico de la literatura catalana moderna.
Con esta novela, Víctor Català se adentra en la soledad y el deseo que refleja su personaje femenino (Mila) en contraposición con un ambiente masculino violento y hostil. En esa obra, el paisaje es el espejo del alma. Todo ello con la habilidad descriptiva y el dominio de la lengua catalana que ella ejerce.

Vale la pena destacar que hace pocos años se presentó su novela “Solitud”, traducida de nuevo al español.
Por esa misma época, nuestra Víctor Català viaja por Europa, visita Francia, Italia y reside largas temporadas en Barcelona.
En la capital catalana establece vínculos con otras figuras femeninas importantes como Carmen Karr (protagonista de una de nuestras biografías), y empieza a colaborar en su revista “Feminal”, o junto a la pedagoga Francesca Bonnemaisson, con quien crearía diversos espacios de conocimiento para las mujeres.
En un reciente libro que se ha publicado, se da a conocer la correspondencia que Víctor Català mantuvo con otras mujeres ilustres entre 1905 y 1965, como por ejemplo Maria Montessori, otra de nuestras protagonistas. Se trata del libro: “Cartes a les amigues” de M. Àngels Cabré.

Victor Català se convierte en una impulsora de la cultura y la lengua catalanas, preside el certamen literario de los «Jocs Florals» de Barcelona en 1917 y en 1922 se convierte en la primera mujer que ingresa en la «Reial Acadèmia de Bones Lletres» de Barcelona.
Ella sigue en su necesidad de huir del encorsetamiento al que se sometía a la mal llamada “literatura femenina”, una literatura pensada para señoritas de buena familia…
Víctor Català se rebeló contra los guardianes de la ortodoxia y escribió con libertad temática y lingüística, aunque eso provocó, claro está, un gran malestar por parte de los críticos quienes no podían creer que «una mujer escribiera con tanto desparpajo”.
Tras unos años de silencio literario, después del triste episodio de la Guerra Civil española (1936-39) vuleve a publicar y en su escritura sigue reflejándose las desigualdades y la violencia que padece la mujer.
Víctor Català se mantuvo activa casi hasta el final de su longeva vida, y con 94 años, con problemas de visión, se reconocía a sí misma como una gran observadora. Ella decía:
“Me interesa verlo todo, mirarlo todo, tanto si es una persona como una pared”.
El 27 de enero de 1966, a la edad de 97 años de edad, nuestra Víctor Català fallece en su pueblo natal, L’Escala, en Catalunya.
Vale la pena recordar que Caterina Albert, alias Víctor Català, es conocida como escritora, pero no podemos olvidar su dimensión que logró como artista con su interesante obra pictórica y escultórica.
Me quedo ahora con este verso que escribió en uno de sus poemas:
“Soñamos para soñar, / que para vivir no hay vida”.
Y, ¿cómo recordamos hoy en día a nuestra protagonista?
Bueno, en primer lugar, tenemos su obra literaria que te invito a descubrir. Por desgracia, existe poco conocimiento entre la literatura escrita en los diversos idiomas de España.
Si estás por Cataluña, te invito a visitar el fondo artístico de Caterina Albert / Víctor Català donado al Ayuntamiento de L’Escala consta de 66 dibujos, 20 óleos y 6 esculturas: Museu de L’Escala.

Tan solo un dato más….revelador…para reflexionar:
Según un estudio reciente, los libros escritos y firmados por mujeres los leen el 80% de mujeres. En cambio, los libros escritos y firmados por hombres lo leen al 50% tanto hombres como mujeres….
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