JEANNE CALMENT: Vídeo-Podcast-Lila 138

Francia, 1875-1997

«Una mujer que atravesó el tiempo durante 122 años.

Fumaba, bebía vino, practicaba deporte y le encantaba el arte.

Nació cuando el mundo aún se iluminaba con lámparas de aceite.

Y la Torre Eiffel era solo un proyecto atrevido.

Vivió dos guerras mundiales.

Conoció a Vincent van Gogh.

El nacimiento de la televisión y de Internet…

Fue un puente vivo entre diferentes siglos.

La vida fue para ella una larga conversación que se negaba a abandonar.

Y se reía cuando le preguntaban por el secreto de su longevidad.

Hoy te acerco a la historia de…Jeanne Calment.” 👇

¿Sabías que Jeanne Calment está considerada como la persona más longeva de la historia?

Pues así es…

Jeanne Calment fue una supercentenaria francesa que supo vivir y atravesar el tiempo de forma fácil.

Su vida atravesó dos siglos y vio transformarse el mundo de forma casi irreconocible.

A través de su figura de vida podemos contemplar la historia de finales del siglo XIX y del siglo XX entero.

Jeanne practicó esgrima y montó en bicicleta hasta los 100 años, y nunca abandonó sus placeres mundanos (luego te doy más detalles).

Nuestra historia de hoy es un canto a la vida y un ejemplo de cómo tomarse la vida.

Pero, hagamos un poco de historia…

Jeanne Louise Calment Gilles nació el 21 de febrero de 1875 en Arlés, al sur de Francia.

Su padre, Nicolas, era propietario de un negocio relacionado con la construcción naval y el comercio; su madre, Marguerite, pertenecía también a una familia burguesa de molineros de la región.

Si bien el número de hermanos es incierto, se cree que tuvo dos hermanas, que fallecieron muy pronto, y dos hermanos varones.

Jeanne nació en un ambiente privilegiado; su infancia transcurrió entre las calles soleadas de Arlés, en una casa donde no faltaban libros, música ni educación.

Cuando Jeanne era niña, Francia vivía bajo el régimen de la Tercera República Francesa, los carruajes dominaban las calles y la electricidad apenas comenzaba a instalarse en las ciudades.

Jeanne tuvo la fortuna de recibir formación académica, ya que asistió a la escuela primaria desde los siete años hasta su primera comunión.

Además, Jeanne aprendió piano, pintura y practicó deportes como el tenis, la natación, esgrima o ciclismo. Esa mezcla de cultura y vida activa marcaría su carácter (y su longevidad, podemos decir) durante mucho tiempo.

La adolescencia de Jeanne fue una etapa tranquila; había nacido en un entorno protegido, donde la vida transcurría al ritmo del comercio familiar, las estaciones del año y las costumbres de la burguesía provincial francesa.

Jeanne era muy vital, activa, con un punto de independencia. A su vez, era muy observadora, tenía una mirada curiosa y todo eso la llevó a graduarse con 16 años de la escuela secundaria.

Ocasionalmente ayudaba en la tienda familiar de sus padres en Arlés, donde vendían telas y otros artículos y por donde pasaban muchos vecinos de la ciudad. Entre ellos, según contaría Jeanne mucho tiempo después, apareció un día un hombre muy delgado, de aspecto descuidado, con una mirada intensa y un aire algo torpe. Aquel cliente era…Vincent van Gogh, que en aquellos años vivía en Arlés intentando abrirse camino como pintor; aquí puedes ver una de sus pinturas: «El puente de Langlois, Arlés» 👇

Según Jeanne, Van Gogh no parecía un genio, no parecía alguien destinado a cambiar la historia del arte. Era simplemente un vecino más de su localidad, un hombre algo excéntrico que entraba a comprar pinceles. La escena, recordada por Jeanne cuando ya tenía más de cien años, está cargada de ironía. Ella dijo algo así: “Era un hombre sucio, mal vestido y bastante desagradable.”

En su primera juventud, Jeanne seguía formando parte de ese universo familiar relativamente cómodo. No trabajaba fuera del hogar ni tenía una vida profesional en el sentido moderno. Era una época en la que su camino, como el de muchas mujeres de su entorno social, estaba orientado principalmente hacia el matrimonio. Y ese momento no tardaría en llegar.

En 1896, con 21 años, se casa con Fernand Calment, su primo segundo. Él pertenecía a una familia acomodada dedicada al comercio, lo que garantizaba algo esencial en aquella época: estabilidad económica. Y esa estabilidad marcó profundamente el tono de su vida. Porque Jeanne no tuvo que trabajar fuera del hogar; la riqueza de su marido le permitió vivir sin trabajar. —Aquí puedes verla con su marido—👇

El papel de Jeanne fue el que se esperaba de una mujer burguesa de finales del siglo XIX: gestionaba la casa, cuidaba de la vida social y sostenía el equilibrio doméstico.

Jeanne vivió su matrimonio en armonía. Montaba en bicicleta (algo que hizo hasta que se fracturó el fémur a los 100 años), practicaba tenis, nadaba, tocaba el piano. Salía, conversaba, observaba.

Una buena parte de su tiempo la conformaban eventos sociales como los bailes que se organizaban en los hogares y ahí conocía a gente nueva. También los viajes, en los que pudo ver la recién construida Torre Eiffel en París. A través de sus ojos, se estaba desplegando un nuevo mundo y ella era testigo.

Además, Jeanne cuidaba su piel con aceite de oliva, un aceite que también formaba parte de su dieta, y supo beneficiarse de los placeres mundanos porque comía chocolate, fumaba un cigarrillo después de cada comida y le gustaba el vino de oporto.

En 1898, cuando tiene 23 años, nació su única hija, Yvonne. La maternidad llegó como otra etapa más de su vida.

Pero la comodidad material no la protegió del todo porque, si su vida de casada fue tranquila, casi suspendida en una especie de calma burguesa, lo que vino después fue otra cosa: una larga travesía en la que Jeanne se quedó sola frente al tiempo.

Desgraciadamente, Jeanne vería desaparecer a muchos de los que formaban su mundo más cercano.

La primera gran herida fue la pérdida de su hija Yvonne en 1934, que fallece a causa de una enfermedad. –Aquí puedes ver a Jeanne (derecha) con su hija—- 👇

Jeanne Calment tenía entonces 59 años. Era una mujer obligada a sobrevivir a su propia hija. A su cargo quedaba su nieto, Frédéric, que durante años fue un ancla emocional, una continuidad.

Pero la vida no había terminado de romper su círculo…

En 1942 murió su marido, Fernand Calment, en plena Segunda Guerra Mundial. Jeanne se encontraba ahora en un mundo atravesado por la guerra… y cada vez más vacío.

En la década de los 60 del S. XX, Jeanne pierde a su hermano y a su yerno. La pérdida y la soledad envuelven la vida de nuestra protagonista.

Y aún quedaba una última pérdida devastadora: en 1963 fallece su nieto, Frédéric Billiot, en un accidente. Jeanne tenía entonces 88 años.

A partir de ahí, el silencio.

Jeanne Calment queda sin marido, sin hija, sin nieto. Sin descendencia directa.
Solo ella y el tiempo.

Pero aquí ocurre algo profundamente singular: Jeanne no se quiebra. No hay en sus palabras una narrativa de tragedia. Hay, más bien, una especie de aceptación irónica, casi desconcertante. Como si hubiera entendido que la vida no se mide por lo que permanece, sino por la capacidad de seguir estando.

Jeanne Calment logra transformarse. Así, en 1965, con 90 años y sin herederos naturales, Jeanne firma un acuerdo para vender su antigua casa con reserva de usufructo vitalicio a un notario. Este debía pagar mensualmente hasta que Jeanne muriera, pero… ese notario falleció antes que ella y su viuda continuó pagando hasta el final.Nuestra Jeanne hizo referencia a la situación diciendo:

«En la vida, a veces se hacen malos negocios».

Su piso en el centro de Arlés quedó vacío, pero siguió cobrando dinero por él.

Desde los 88 años hasta poco antes de cumplir 110 años, Jeanne vivió sola y, cuando decidió que ya no podía seguir haciéndolo, se mudó a una residencia de ancianos. Allí, Jeanne siguió una rutina diaria muy conductual: la despertaban a las 6.45 a.m. y comenzaba el día con una larga oración en su ventana, agradeciendo a Dios por estar viva y por el hermoso día que comenzaba. Su desayuno consistía en café con leche y galletas.

Cuentan que a veces la propia Jeanne se preguntaba en voz alta por la razón de su longevidad y por qué era la única que seguía viva en su familia.

Sentada en su sillón, hacía gimnasia con sus auriculares estéreo y sus ejercicios incluían flexiones y estiramientos de las manos y de las piernas; se movía más rápido que otros residentes que eran 30 años más jóvenes.

Su memoria y su fluidez con el lenguaje eran asombrosas. Y es en su vejez extrema que Jeanne se convierte en un fenómeno mediático y en una figura casi mítica. Porque ahí su historia da un giro inesperado… casi literario.

Su notoriedad internacional se intensifica con motivo de la conmemoración del centenario de la visita de Van Gogh a Arlés y el recuerdo que ella tenía del pintor: la venta de lápices, los rumores sobre la vida disipada del pintor por bares y prostíbulos…

Justamente en esas entrevistas también recordaba la construcción de la torre Eiffel y decía, en forma de broma, que «competía con Matusalén» y declaraba que: «Nunca he estado enferma, nunca jamás».

Cuando Jeanne tiene 114 años, empezó a usar bastón, y ese mismo año apareció brevemente en la película canadiense Vincent and Me (1990), mientras caminaba al aire libre y respondía preguntas, convirtiéndose de ese modo en la persona de mayor edad en haber actuado en una película. 👇


Jeanne Calment decidió poner punto y final a su vida el 4 de agosto de 1997 en la residencia de ancianos de Arlés a la edad de 122 años y 164 días.

Y, ¿cómo recordamos hoy en día a nuestra protagonista?

Poco antes de su muerte, en 1995, se estrenó una película documental sobre su vida, titulada “Beyond 120 years with Jeanne Calment”.

La edad de Jeanne es un caso atípico y ha provocado controversia, pero los últimos estudios realizados por especialistas no acreditan otras teorías que desmienten que llegase a tal edad.

Jeanne Calment no fue solo la persona más longeva de la historia.
Ella fue una mujer que aprendió a vivir y a sobrevivir al tiempo sin endurecerse.

Otra mujer ejemplar a la que hemos rendido un sentido homenaje desde nuestro canal.